viernes, 15 de julio de 2011

MANUEL DÍAZ MARTÍNEZ, EL MAESTRO PELUQUERO

En la anterior entrada hice referencia al maestro peluquero que pasaba al exterior, ocultas en su maletín, las cartas que los presos del penal enviaban a sus familiares.
Días después recibí un correo de Mª Victoria Fernández, la autora del libro “El exilio de los marinos republicanos”, con quien me he comunicado en varias ocasiones, en relación a algunos datos acerca de la investigación sobre la muerte de mi abuelo.
Emocionada al leer la segunda carta, me escribió que el maestro peluquero a que hacía referencia era su abuelo, Manuel Díaz Martínez, un entusiasta republicano cuya visión de la vida se quebró al ver tantísimos horrores en ese penal, en el arsenal, y que a consecuencia de ello, decían sus hijas que ya no volvió a ser el mismo jamás.
Vaya desde aquí mi reconocimiento hacia este hombre que tan valientemente se arriesgaba para ayudar a la comunicación entre los presos y sus familiares, en un intento de hacer más liviano el dolor de la separación de los seres queridos y de la privación de libertad que tantos republicanos cartageneros sufrieron en esos días.

miércoles, 4 de mayo de 2011

CARTAS DESDE PRISIÓN

Las cartas de Enrique Martínez llegaron a su familia gracias al peluquero del penal, que las pasaba camufladas en el interior del maletín en que portaba su instrumental.
A continuación, la transcripción de la segunda carta, escrita pocos días después de la primera:

Querido hijo: Me encuentro bien y hoy al recibir tu carta por mano del maestro peluquero, me das una inyección de optimismo muy grande en esto que me dices.
Desde luego, procura hablar con Don José Brotons por medio de su meritorio compañero mío Don Miguel Gutiérrez. Para esto puedes ir a la Muralla del mar (me parece que es el nº 7) pregunta o di que vas a Sanidad a ver a Don José Brotons y de esta forma lo verás y entonces le explicas la papeleta.
Sobre lo de Don Leandro, dile de mi parte que no lo deje de la mano y que me extraña mucho, no le hayan citado, pues di su nombre lo mismo que el del fogonero Madrid, dile que haga ese certificado y vea el modo de que llegue a manos del Sr. Juez que es, Don José María Mena.
Pedro Cerezuela y yo, estamos juntos, dormimos uno al lado de otro, así es que estamos al corriente de todo.
Sin más por hoy un abrazo de tu padre que te quiere
Enrique
Todavía no nombré a defensor por tener que elevarse a plenario mi causa y tan pronto lo hagan, me lo comunicará el Juez. Por esto, quiero que veas y hables a Dn José Brotons por si él quisiera serlo en caso de nombrarlo yo. En caso contrario, he pensado en un alférez de Infª de Marina, que se llama Don Joaquín Montaner Delgado que dicen que es bueno. Yo no lo conozco.

sábado, 23 de abril de 2011

UNA JORNADA HISTÓRICA

1931: El advenimiento de la II República fue recibido en la ciudad de Cartagena en medio de un ambiente festivo.
Así lo describió, el día 16 de abril, el periódico “La Tierra”:

Día de fiesta
El día de ayer, declarado por el Gobierno provisional día de fiesta fue un verdadero día de fiesta. Cerrados los comercios; con las músicas de bandas y cornetas por las calles; esparcida por ellas la muchedumbre todavía entusiasmada y vibrando las aclamaciones y vivas  en el ambiente tibio de un día magnífico; el día de ayer fue un verdadero día de fiesta. La calle Mayor estuvo animadísima a todas horas; los cafés llenos de gente y el himno de Riego y la Marsellesa sonando de cuando en cuando, entre la gente puesta en pie y descubierta.
Por todas partes se comenta el viaje y la salida del exmonarca, contándose detalles y fantasías en conversaciones interesantes.

Ayer tarde fue paseado por las calles un cuadro que representaba la República. Aplausos incesantes, vivas y aclamaciones acompañaron la manifestación por todas partes.


El cuadro de la República
La ascensión de la República, pero no de la que subió ya, sino de la del cuadro que ha sido paseado en triunfo.
El cuadro ha sido elevado al salón de sesiones, en donde quedará definitivamente instalado.


La reunión de ayer de las clases  subalternas de la Armada
Ayer tarde a las siete se reunieron en la Sociedad Económica de Amigos del País, todas las clases subalternas de la Armada, reinando un gran entusiasmo, dentro del mayor orden.
Entre otros asuntos acordaron telegrafiar su adhesión más respetuosa al Gobierno de la República, pidiendo también la dignificación de la clase como base principal de la Marina Española. Acordaron a la vez contribuir con dos pesetas cada uno para erigir un monumento nacional a la memoria de Galán y García Hernández


DEPURACIÓN DE LA RETAGUARDIA


COLUMNA FIRMADA POR CAMILO CAMPILLO EN 1937:
“Cartagena Nueva” 14/7/1937
DEPURACIÓN DE LA RETAGUARDIA
¿No sabemos de sobra lo que en la actual contienda significa “El triunfo de nuestras armas”? ¿Ignoramos acaso el porvenir que nos esperaría si esos “Españoles sin Patria” llegasen (que no llegarán) a apoderarse de nuestro suelo? ¿Hemos pensado lo que para nosotros significaría la implantación de un régimen fascista? Pues bien; si todo esto lo sabemos y tenemos previsto ¿Cuál es el parecer de tantos y tantos miles de hombres que, llamándose antifascistas permanecen en la retaguardia tan tranquilos e impasibles como si nada sucediese? ¿Y de aquellos otros que habiéndose llamado sus respectivas quintas para su ingreso en filas no sólo no se presentan por temor a lo que creemos su deber sino que manifestándose en contra de ese deber recomiendan les sean imitados? ¿Qué clase de españoles pueden llamarse éstos?
No hace mucho leí en un periódico algo relativo a la caballerosidad y patriotismo de unos españoles que venden su patria a cambio del elemento necesario para más tarde combatirla y ser   sada por ellos mismos. Si estos generalotes traidores no son   s ni merecen ser patriotas nuestros ¿Cómo catalogar a aquellos “personajes” que viendo como arrebatan a seis mil veces más ti  y ensangrentada España, se muestran tan impasibles?
Pedimos a grandes voces sea depurada, sí: depurada toda; absolutamente toda esta mala semilla y ¿por qué no? Todo personal emboscado en aquellas grandes fábricas, industrias, establecimientos, puestos éstos capaces de ser desempeñados por mujeres y de donde podemos disponer de un gran contingente de hombres, para con ellos consolidar nuestros frentes y poder dar el golpe definitivo que lance fuera a tantos “crapulosos”, empezando por el generalísimo Franco y terminando por las huestes de Alemania e Italia. Siendo así, con la ayuda y ciega unión de todos, lograremos que en vez de ellos los que voluntariamente se retiren del “SISTEMA CONTROL” para volver a atacar más criminal y abiertamente, seamos nosotros los que les echemos, marcando así el límite de nuestras fronteras un poco más lejos de lo que hoy las tenemos.
                Cartagena, a bordo del “Lepanto” 1937
Camilo CAMPILLO

viernes, 15 de abril de 2011

La salida de Alfonso XIII

Así narró la prensa local la salida de España de Alfonso XIII, desde el puerto de Cartagena (Tomado de "El Eco de Cartagena" el 15 de abril de 1939)

A las doce de la noche del catorce de abril se había llevado a cabo la transmisión de poderes, haciéndose cargo el Comité Revolucionario del Ayuntamiento, en nombre del Gobierno Provisional de la República Española.
Se había corrido la voz de que el Rey venía al Arsenal. La noche del catorce al quince, junto a los periodistas, deambulaban junto a las tapias muchos grupos de curiosos, esperando su llegada. Oficiales, jefes y generales fueron entrando al recinto. Los marineros, vestidos con el uniforme de faena, salieron para hacer que el público se alineara dejando libre una calle de entrada para los coches de la caravana que acompañaba al monarca destronado.
Una vez en el Arsenal, antes de subir al barco, el ex-soberano permaneció un rato despidiéndose de las autoridades y preguntó si se había decretado el estado de guerra, a lo que se le respondió negativamente. En medio de la serenidad de la despedida, en que todos estrecharon su mano en silencio, un sargento de la Guardia Civil no pudo reprimirse y gritó con fervor un ¡Viva el Rey!, al que respondieron algunos de los presentes. Entonces don Alfonso levantó el brazo gritando ¡Viva España! siendo su grito coreado con entusiasmo. Embarcó acompañado del almirante Rivera y el grupo de militares que le acompañaba se fue disolviendo lentamente. A las cinco y cuarto de la mañana, el rey sin trono se alejó de Cartagena embarcado en el crucero “Príncipe Alfonso”.  
La acusación a la que se enfrentaron Pedro Cerezuela, Camilo Campillo y Enrique Martínez fue "Haber presenciado los fusilamientos de los oficiales del Lepanto". Pedro Cerezuela, cuando fue visitado en prisión por su esposa, le contó que ese día había bajado a tierra, junto con Enrique Martínez y Manuel Hernández, con la pretensión de comprar unos juguetes para llevar cada uno a sus respectivos hijos. Según su narración, se encontraron con varios vehículos, uno de los cuales transportaba varios prisioneros; los que conducían les invitaron a acompañarlos, pero ellos, imaginándose que el destino de los presos era la ejecución, se negaron a subir.

En la ficha del S.I.P. de Camilo Campillo podemos encontrar, de su puño y letra, varios folios en los que narra los sucesos ocurridos a bordo del "Lepanto" durante los primeros días de la guerra. A continuación transcribo aquella parte de su declaración en que hace referencia al episodio de los fusilamientos:

Foto de Camilo Campillo
Unos días después de empezar el Movimiento (cuya fecha no recuerdo) al dirigirme a tierra en el bote de los francos e inmediatamente después de desembarcar en el muelle, me llegó un individuo con correaje y pistola, preguntándome si había salido un tal Eleuterio Martínez. Al contestarle afirmativamente haciéndole ve que venía en el mismo bote que yo, díjome le esperase un momento,, después del cual, se me dio a conocer, diciéndome: Somos de la Casa del Pueblo y queremos que vengan algunos de Vds. Pues se trata de una invitación, para cuyo efecto, traemos dos coches. Al hacerle presente mi agradecimiento, no obstante no aceptar, me llamó la atención ver como bastante del personal que conmigo habían salido, subían a los citados coches. Cuando después de esto me marchaba me llamaron varios de mis compañeros, los que me dijeron fuera con ellos, ya que sólo se trataba de tomar unas copas. Al hacerles observar mi contrariedad, dijéronme tardaban poco tiempo, terminando por aceptar e irme con ellos.
                Cuando llegamos a la Casa del Pueblo, hicieron la presentación de su Presidente, quien después de hablar con algunos de los invitados, ordenó sacasen cierta cantidad de jamón y botellas de manzanilla, durante el convite, unas dos horas y media aproximadamente, resultando del mismo algunos semiembriagados. Terminado todo lo expuesto dijeron de trasladarnos a un cuartel (cuya situación no puedo precisar, pues no lo recuerdo) al objeto de visitar a no sé quién para que nos invitasen. Después de cierta permanencia en este lugar, empecé a observar ciertas maniobras secretas, cuyos personajes eran: Cabo de fogoneros Ginés Vera, preferente Eleuterio Martínez, e id Vicente Aragó, juntos con algunos de la Casa del Pueblo. Al enterarme de que el día anterior los individuos citados habían estado en contacto con los también citados de la Casa del Pueblo y aquella noche no se separaban yendo juntos de un sitio a otro mientras el resto permanecíamos juntos, esto me dio que pensar y observar hasta en los menores detalles, convenciéndome más tarde de que los propósitos que tenían eran los de matar.
                De donde estábamos reunidos salieron por último, regresando al poco con algunos fusiles y pistolas. Como en estos momentos hablaron más clara y abiertamente, para nadie era ya secreto que las pretensiones que llevaban eran las de matar a los oficiales del Lepanto. A continuación y fuera de donde estábamos nosotros, aprecié como disputaban por querer esperar unos, la orden de Balboa, y otros, salir en busca de los detenidos sin dicha orden.
                Cuando al momento de esto trataba evadirme sin ser visto, al llegar a la puerta me encontré con un sargento, quien al verme y preguntarme hacia donde me dirigía, le contesté que estaba dando un “paseo”. Entonces, blasfemando y empleando unos modelos bastante bruscos, (se encontraba completamente embriagado) me dijo subiese a un coche que cerca de allí había, encontrándome dentro del mismo, tres individuos; dos de ellos del Lepanto y el otro de los de la Casa del Pueblo.
Cuando los coches se pusieron en marcha, pensé en no perderme ningún detalle sobre quienes eran los que actuaban y cómo.
                De aquí nos llevaron al muelle donde estaba el barco con los presos. Como al parecer no estaba atracado al muelle se destacó un bote de remos con el fogonero Vicente Aragó (no recuerdo quién le acompañaba) y al regresar traían un total de 13 ó 14 amarrados por las manos y de dos en dos. Inmediatamente reconocí a todos los del Lepanto que eran: Don José Mª Barón, Don Sebastián Noval, Don Antonio Corpas y el Jefe de Máquinas de cuyo nombre no recuerdo. También reconocí a un teniente de navío ajeno a dicho destructor, y que era Don Fabio Bueno. Acto seguido los metieron en distintos coches diciéndoles que los llevaban a la cárcel por creer que allí estarían mejor. En cuanto a algunos de nosotros, nos hicieron subir al último.
                Al salir de la capital y después de varios minutos de marcha empezamos a ver en la carretera objetos que al parecer eran cadáveres. Al preguntar y tener contestación positiva, me dijeron además que eran de los cincuenta y tantos que para aquella noche tenían preparados. Momentos más tarde, cuando los coches paraban, después de hacerlo el que yo ocupaba, escapé en dirección contraria a la que habíamos traído, encontrándome más tarde con el auxiliar de Sanidad Don Enrique Martínez, el de S. T. Don Pedro Cerezuela y el de máquinas Don Manuel Hernández, los que habían hecho sin duda lo mismo que yo, a juzgar por lo que hablaban.
                Más tarde he sabido que los que se encargaron de la ejecución fueron los siguientes: Cabo apuntador José Rubio, Cabo de Fogoneros Ginés Vera, preferentes Vicente Aragó y Eleuterio Martínez. Quien mandaba el pelotón (según referencias posteriores) fue el Cabo de 1ª Radio José Fernández Dopico.
                Todo lo relatado lo he vivido.

Camilo Campillo y Pedro Cerezuela fueron condenados a muerte por haber sido declarados culpables de haber presenciado los fusilamientos.

jueves, 24 de marzo de 2011

El 18 de julio a bordo del Lepanto


El comandante del destructor Lepanto, el capitán de fragata don Valentín Fuentes López,  era un gran profesional y en su trato a los subalternos mostraba una exquisita delicadeza y una gran humanidad. No hacía gala de la insolencia y el orgullo tan comunes en la mayoría de los miembros del Cuerpo General; en cuanto a sus ideas políticas, tampoco alardeaba de ellas. Aunque favorable a la Monarquía, el advenimiento de la República había sido aceptado por él como el resultado de la voluntad popular, y no se dedicaba a las conspiraciones propias de sus compañeros de cuerpo; su espíritu castrense se traducía en una inquebrantable fidelidad hacia el Gobierno.
Don Valentín era un hombre bondadoso, de recta conducta, fiel a las órdenes recibidas, y ajeno por completo a conspiraciones. Se había reincorporado a la Marina la primavera anterior, tras un largo período trabajando como Ingeniero y Geógrafo en el Instituto Geográfico y Catastral, con la categoría de Jefe Superior de Administración Civil, mientras que en la militar había quedado en situación de supernumerario. Durante esa etapa había permanecido alejado de las luchas políticas e igualmente lo había hecho tras su reingreso, siendo de todos conocida su lealtad; por tanto, ninguno de sus compañeros le había hecho partícipe de la conspiración que se estaba incubando.

Cuando el 18 de julio llegó el Lepanto frente a Melilla, ignorando la situación real de la plaza, don Valentín dejó que entrase un mercante, después de trasladarse allí un oficial para pedirle al capitán que le informase de lo que ocurría. Tan sólo se pudo saber que las tropas se habían levantado. Continuaron reconociendo algunos otros buques mercantes, sin novedad alguna.
La tripulación se hallaba presa del nerviosismo cuando por la mañana se presentó frente a la plaza el destructor Sánchez Barcáiztegui, procedente de Cartagena. Sobre mediodía, llegó el Almirante Valdés, y dos horas más tarde llegó al Lepanto un bote con el 2º Comandante del Sánchez, don Rafael Cervera, que subió a bordo y estuvo hablando un rato con el Comandante en la caseta de derrota; marchó luego a hablar con el Comandante del Valdés y después se reincorporó a su buque. - ¿De qué habrían hablado? – se preguntaban todos.  Algunos ya tenían noticias de ello gracias al Cabo Radio Dopico, que fue comunicando a sus compañeros las órdenes que iban llegando.
Al marchar Cervera, don Valentín reunió a todos los oficiales en el puente y les expuso la situación. Éstos, hasta entonces, le habían mantenido al margen y no le habían llevado la contraria en ningún momento; según las órdenes recibidas antes de su salida de Cartagena debían hacerlo así, e intervenir sólo si veían que intentaba hacer cualquier cosa que pudiera poner en peligro el alzamiento, pero llegados al punto de captar su intención de mantenerse fiel al Gobierno, no podían continuar inhibiéndose ni, mucho menos, prestarle su apoyo.  Desde el primer momento, el Comandante del Gravina, Alberto Caso Montaner, que se hallaba circunstancialmente en el Lepanto, adoptó una actitud pro–golpista,  que fue secundada por la práctica totalidad de los oficiales. Dijo entonces don Valentín que aún quedaba un oficial por consultar, que era el Maquinista de Cargo, don Ginés Jorquera, y le mandó llamar. La tripulación observaba, expectante, las idas y venidas; algunos cabos, que ya sabían acerca de las órdenes recibidas, comenzaron a hacer conjeturas acerca de lo que estaría ocurriendo en el puente, mientras don Valentín y don Ginés conferenciaban sobre la postura a adoptar y llegaban a la conclusión de que su deber era acatar las órdenes del Gobierno y explicar a la dotación los motivos para ello.

Mientras tanto, los cabos Triviño, Luque, José Fernández y Rubio y el Contramaestre Tomás Díaz, junto a unos cuantos más, preguntaron a los oficiales que qué ocurría, contestándoles éstos que no pasaba nada.

Don Ginés reunió a toda la dotación que no se encontraba de servicio y les explicó que se trataba de una sublevación fascista, que el Sánchez y el Valdés se dirigían a Melilla para unirse a los sublevados, pero que el Comandante había dicho que no recibía órdenes más que del poder constituido, que el Lepanto estaba a las órdenes del Gobierno.
Casi todos los presentes dijeron de no entrar en Melilla; unos pocos callaron, sin atreverse a expresar su opinión en voz alta, al saberse en minoría.
A partir de entonces hubo bastante movimiento en el buque; algunos corrían gritando: “¡Viva la República!”; otros exclamaban: “¡Hay que defender a la República ¡Nos la quieren quitar!”.
Después, se agrupó una representación de la dotación, al pie del puente, desde donde el Comandante les dirigió la palabra para afirmar que él era el único republicano entre los oficiales y les prometió que hasta que la situación no se aclarara, se quedaría voltejeando fuera del puerto.
Los oficiales consideraron llegado el momento de definirse ante la dotación. El Alférez de Navío don Alberto Caso, se dirigió a los representantes de la tripulación, explicando en nombre de los oficiales, que no se había sublevado Melilla en solitario, que se había producido un Movimiento Nacional siendo el Jefe el General Franco y que por el bien de España se debía entregar el barco, pero la representación se opuso a ello y la oficialidad no pudo hacer nada. Se encontraban en clara desventaja, por lo que optaron por retirarse de cubierta.
El Lepanto continuó voltejeando frente a la costa de Melilla, sin que saliera ningún barco con tropas, hasta la llegada de los submarinos.
Esa noche se recibió orden de marchar hacia Barcelona, pero hubo que cambiar el rumbo, ante la repentina contraorden de dirigirse hacia Málaga.
El Lepanto fue el único buque cuyo comandante se mantuvo, desde el primer momento, fiel al Gobierno de la República. No contó con el apoyo de los oficiales, pero la gran mayoría de la dotación estuvo a su lado.
No se dio a bordo ningún acto de insubordinación; los oficiales no fueron detenidos sino hasta la llegada a la ciudad de Málaga.
El estudio de los hechos de esos días no podía hacer predecir, dada la ausencia de actos violentos en los primeros momentos del golpe de estado, que al final de la contienda se abriesen cinco distintos sumarios con el fin de investigar los sucesos de ese buque, de los cuales derivaran 3 condenas a separación de servicio, 12 a diferentes penas de prisión y 7 a pena de muerte. Enrique Martínez Godínez, el practicante del barco, no llegó a ser juzgado; halló la muerte a consecuencia de las torturas sufridas durante el interrogatorio.
El estudio de las causas judiciales relacionadas con los sucesos del Lepanto son una más de las muestras de la feroz represión de los vencedores sobre los vencidos. Muchos de los tripulantes huyeron de España al final de la guerra. Los 23 represaliados lo fueron por el único delito de haberse mantenido fieles al gobierno legítimo.