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jueves, 26 de junio de 2014

EL HEROICO BRIGADISTA Y EL PREPOTENTE ESCRITOR


La frase de José Eduardo Almudéver  "Me cago en Pérez Reverte: ¡Vivan las brigadas internacionales!", que aparece como título de una entrada en el blog del escritor y crítico literario Rafael Narbona, que podéis leer en el siguiente enlace:    
http://rafaelnarbona.es/?page_id=8292
la he encontrado tras la dirección citada, que aparece compartida en varias páginas de Facebook, muchas pertenecientes a cartageneros/as que conocieron hace años al escritor y académico pedante y machista al que su éxito le ha ido convirtiendo, del pitagorín que era de adolescente en un maleducado irrespetuoso, destilador de odio junto a sus malas maneras y que ha terminado en reaccionario emboscado tras un verbo fácil y sin calidad.
Por el contrario, la lectura de la entrevista al antiguo brigadista nos da a todos una lección de buen hacer y supone un ejemplo, una lección acerca de lo que es la solidaridad.
         

lunes, 24 de marzo de 2014

La última huída

La historia no ha hecho todavía justicia con los exiliados, aunque hay que destacar la tarea de muchas personas por recuperar su memoria.
Como muestra, este interesante reportaje que nos ofrece La Vanguardia.com sobre la huída de los 3.000 republicanos que embarcaron en el Stanbrook.

HISTORIA

La última huida

21/03/2014 - 12:40h



Helia González, de 79 años, sostiene la foto del Stanbrook, el barco donde huyó con su familia en marzo de 1939, mientras la República se derrumbaba. Daniel García-Sala

Salvador Enguix
SALVADOR ENGUIX | Sigue a este autor en Twitter
Valencia

Recuerdo una cubierta abarrotada, con el cielo oscuro sobre nuestras cabezas. Llovió esa noche, no demasiado, pero hacía frío. Papá me dijo que cuidara de mi hermanita”. Helia González tiene 79 años y una memoria formidable. Ella es uno de los pocos testimonios vivos de un episodio épico ocurrido en el último aliento de la Guerra Civil española. Una aventura única, temeraria, que condicionó para siempre la vida de aquellas personas que la protagonizaron. Que lograron huir, a la desesperada, en el buque carbonero 'Stanbrook', atracado en Alicante, de la amenaza de las tropas franquistas que sitiaban la ciudad, por tierra, mar y aire. Una historia en la que hubo héroes, como el capitán del barco, Archibald Dickson, que arriesgó la nave y su vida para salvar a casi 3.000 republicanos derrotados y amenazados. Y también con perdedores, porque llegados a Orán, Argelia, esas personas iniciarían un largo, duro y poco estudiado exilio que ahora, con diversas iniciativas, vuelve a recordarse.
Tiene razón Helia González, que era la pasajera 2.227: hacía frío. Era el 28 de marzo de 1939. Lo describe muy bien Rafa Torres en su obra 'Los náufragos del Stanbrook'. Alicante era un caos alimentado por el miedo. El “ejército nacional” ansiaba resolver con rapidez la conquista de uno de los últimos bastiones de territorio republicano y uno de los últimos puntos de huida. Artillería y aviación se empleaban a fondo. Se disparaba sin piedad, en tierra y en el mar. Buques franquistas (también italianos y alemanes), además, jugaban a cazar a cuanto barco grande o pequeño intentaba huir de Alicante.
“Llegamos al puerto en tren desde Elx; una vez allí, una cola larguísima nos separaba de un barco que me pareció enorme con un nombre extraño y mucha gente. Nosotros, como todos los demás, temíamos no poder alcanzar la pasarela que nos permitiría llegar a él”, recuerda Helia González. Su padre había fundado en Elx el partido de Jóvenes de Izquierda Republicana y era un líder sindicalista; su vida corría grave peligro. “Al fin llegamos al barco. Unos brazos vigorosos me levantaron. Vi una cara sonriente, una gorra de marino y me dio un beso en la mejilla. No dijo una sola palabra, pero ese abrazo, esa mirada, prometían algo bueno… era él, era Dickson y ya no había peligro”. Helia tenía cuatro años y tres meses.
Rafa Torres relata que en el puerto de Alicante “quedó cuanto habían sido, sus oficios, la esperanza, el conjunto de sus afectos, el hogar, y todo ya inservible y revuelto en los muelles donde los que no habían conseguido huir de la venganza franquista, el grueso de los atrapados en aquella ratonera, lo perdieron todo igualmente. Los del 'Stanbrook' viajaron hacinados a bordo de un viejo carbonero inglés, pero ya, y para siempre, en la condición de náufragos”.
A partir de ahí, no existe mejor relato de lo ocurrido en aquellos primeros momentos que el del capitán Dickson. En una carta al director del 'Sunday Dispatch' divulgada el 4 de abril de 1939 señala que entre los refugiados había un gran número de mujeres, chicas jóvenes y niños de todas las edades que incluso llevaban en brazos. “Debido al gran número de refugiados me encontraba en un dilema sobre mi propia postura, ya que mis instrucciones eran que no debía tomar refugiados a menos de que estuviesen realmente necesitados. No obstante, después de ver la condición en que se hallaban, decidí desde un punto de vista humanitario aceptarlos a bordo, ya que anticipaba que pronto desembarcarían en Orán”, escribió.
El testimonio es estremecedor: “Entre los refugiados había todo tipo de clases de gente, algunos aparentaban ser extremadamente pobres y parecían consumidos por el hambre y mal vestidos, con una variedad de atuendos que iban desde monos hasta viejas y desgastadas piezas de uniformes e incluso mantas y otros peculiares trozos de tela”. Su relato parece propio de un corresponsal de guerra: “Había también algunas personas, mujeres y hombres, con una buena apariencia y que asumí eran mujeres y parientes de funcionarios. Algunos de los refugiados parecían llevar consigo todas sus posesiones terrenales cargadas en maletas; bolsas de todas las descripciones, algunas atadas en grandes pañuelos y unos pocos con maletas”.
Al inicio, como describía el capitán, la gente comenzó a subir de manera ordenada. Llegaban no sólo desde diferentes puntos de la provincia de Alicante, sino desde Valencia o Madrid; algunos, superando o burlando ya las zonas consolidadas por el ejército rebelde. Pero, poco a poco, aquel 28 de marzo el pánico comenzó a cundir entre los refugiados, que corrieron a subir desesperados. “Viendo esta súbita avalancha de gente estuve casi inclinado a dejar caer la pasarela y alejar mi nave del muelle, pero dándome cuenta de que si hacía esto por lo menos 100 personas o más caerían al agua decidí, desde un punto de vista humanitario, dejarlos subir a todos a bordo”. Dickson ofrece en su relato una clara fotografía de lo que ocurría en el buque, pues señala que el número de refugiados embarcados hacía casi imposible que nadie pudiese moverse en la cubierta, ya que las escotillas de las bodegas se habían abierto para introducir el cargamento y los refugiados sólo podían estar a su alrededor en cubierta. “Era casi imposible dar una descripción adecuada de la escena que mi buque presentaba, y la semejanza más cercana que puedo dar es decir que parecía unos de esos vapores vacacionales del río Támesis en un día festivo, sólo que muchas veces peor”. Cinco minutos después de zarpar el 'Stanbrook', una bomba lanzada por un avión estallaba justo en el lugar donde había estado atracado este buque. 
Aquellas primeras horas fueron una pesadilla. El 'Stanbrook' se sirvió de la oscuridad de la noche para maniobrar con inteligencia y evitar los buques franquistas. “Llovió esa noche –recuerda Helia–. Mamá compartió con una familia malagueña, un matrimonio y un niño de mi edad una tortilla de un huevo y dos patatas con un poco de grasa”. Dickson, que hasta abrió su camarote a los más necesitados, escribía: “Pude suministrar a los refugiados más débiles un poco de café y un poco de comida. La gran mayoría tenía pan suficiente para que les alcanzase hasta Orán; la noche era clara pero fría, y pienso que el sufrimiento de estas personas de pie en la cubierta toda la noche debió de ser muy malo”.
Lo asombroso de esa carta de Dickson es que en ningún momento pareció inquietarle su destino o el de su tripulación si eran apresados por un barco franquista. Le costaba horrores, además, al capitán mantener la quilla equilibrada debido al gran número de personas a bordo y al peso. Los hombres se acodaban en la barandilla del barco mirando hacia todos los lados. Algunos dijeron que si les asaltaba un buque estaban dispuestos a pelear (algunos aún llevaban armas). Tuvieron suerte y no fue necesario. Y a pesar de las dificultades, el 'Stanbrook' alcanzó Orán, 20 horas después.
Argelia no les dejó bajar en un primer momento. Tuvo que ir a tierra el capitán y negociar un primer acuerdo para que, al menos, las mujeres y los niños pudieran desembarcar. Tras seis días, los hombres seguían a bordo del 'Stanbrook'. Eran unos 1.500 y según Dickson su apariencia era “patética, especialmente porque no han tenido oportunidad de lavarse ni de afeitarse. Algunos de ellos se han despojado de sus ropas”. Finalmente, bajaron todos.
A partir de ahí se iniciaba otra historia, otra vida. Un exilio que, como apunta Victoria Fernández, autora del libro 'El exilio de los marinos republicanos', está poco estudiado. “Hasta hace unos años era desconocido”, añade. Vale la pena ver el documental 'Desde el silencio, exilio republicano en el Norte de África', de Sonia Subirats y Aida Albert, para entenderlo. Porque lejos de la imagen casi idílica que ofrecía el exilio a México o del muy documentado exilio a Francia, se descubre, a través de testimonios, fotografías y archivos sacados ahora a la luz, que el del Norte de África fue un exilio de una extrema dureza.
Victoria Fernández recuerda que desde el 5 de marzo de 1939 miles de republicanos salieron desde España hacia África de una manera improvisada “y precaria”. Las cifras oscilan entre las 10.000 y las 12.000 personas. “Desde Almería, Alicante o Cartagena fueron llegando a las costas de Argelia en guardacostas, barcos, veleros o pequeñas embarcaciones de toda clase”, apunta.
Tras las dificultades para que les dieran permiso para desembarcar, los refugiados del 'Stanbrook', como los de otros barcos, fueron acogidos con mucho recelo en Argelia, también en Túnez. “Nos trasladaron a un lugar para ducharnos y desinfectarnos; no fue un buen recuerdo, era un lugar oscuro, húmedo y frío, y unos hombres negros nos vigilaban incluso a las jóvenes desnudas”. Helia sigue relatando aquellos momentos con la mirada de una niña. Victoria Fernández señala que tras la acogida en el Norte de África, los exiliados iban destinados a campos de concentración, como en Francia. Fue, además, una experiencia de larga duración, porque incluso tras el desembarco de los aliados en la Segunda Guerra Mundial “los españoles no fueron liberados de los campos de trabajo, donde eran tratados como mano de obra gratuita para construir el Transahariano hasta casi el final de la contienda; a nadie le interesaba, ni a los franceses y a los aliados, dejar libres a aquellos indeseables españoles”.
El documental de Subirats y Albert ha reunido numerosas imágenes de aquel cautiverio al aire libre, a temperaturas insoportables, en condiciones de vida infrahumanas y bajo la presión de unos guardianes feroces con los españoles. Muchos vivieron años en tiendas de campaña de tela, comiendo lo que podían, trabajando sin descanso. Hubo algunos que intentaron fugarse y lo pagaron con su vida. Un infierno.
Roberto Gil es hijo de uno de los tantos matrimonios que se exiliaron al Norte de África y confirma que su recuerdo más intenso de ese tiempo “era la esperanza que mantenían mis padres de regresar a una España libre y republicana”. Corrobora que los primeros años para sus padres fueron terribles: “Mi padre describía los campos de concentración, las evasiones y las detenciones; y también los tres años que vivieron mi madre y mi abuela y mis tíos en la prisión civil de Orán, donde fueron humillados”. Con los años, estos exiliados lograron encontrar un sentido a su existencia. Salieron de los campos, se integraron, encontraron oficios, se organizaron, funcionó la solidaridad del exilio, el activismo político fue intenso y, lo más importante, su vida comenzó a ser digna, porque, y principalmente, vivieron en una libertad que no podían encontrar en España. Una España a la que, además, no podían volver.
La familia de Helia González se ganaba la vida “fabricando jabón y vendiéndolo a escondidas, fabricando clavos, trabajando en las cocinas de los americanos hasta que finalmente instalamos una tienda de alpargatas, conocíamos el oficio porque muchos refugiados llegaban de Elx o Crevillent”. Victoria Fernández narra: “Se tuvieron que adaptar a trabajar donde pudieron, y cuando Túnez (1956) y Argelia (1962) se independizaron, la mayoría marcharon a Francia”. Y añade que, una vez fuera de los campos de concentración, “se diluyeron en la masa de españoles que ya vivían allí a raíz de otras migraciones”. Roberto Gil recuerda que su padre lo mandó a España en 1969 “para hacer de emisario”. “El retorno final de mi padre se produciría en 1977, tras un exilio de 38 años”, añade.
Recordar la aventura del 'Stanbrook' es también un buen ejercicio para comprender que la historia no ha hecho justicia con aquellos exiliados. Rafa Torres comenta que el mero hecho del exilio, de la expulsión masiva, “constituye una injusticia radical, para las víctimas directas, despojadas de su lugar en el mundo, y para la propia nación a la que se le amputan esos miembros”. Pero este escritor e investigador destaca la peculiaridad del exilio en el Norte de África: “Si los republicanos fugitivos tras la caída de Catalunya fueron maltratados en los campos de concentración de Francia, qué decir de los que arribaron a sus colonias del Norte de África”.
Helia González, protagonista de aquel viaje del 'Stanbrook', no guarda rencor. Pero reconoce la labor de muchas personas por recuperar la memoria de los exiliados y también agradece, pasadas ya muchas décadas, que a pesar de todo Argelia la acogiera, a ella y a su familia, y a todos los españoles que escaparon; que les dejara vivir alejados de un país que ya estaba sometido a la dictadura y que pudieran, al fin, tener una oportunidad. Y dice que muchas veces piensa en aquel capitán de porte alto llamado Archibald Dickson, que la levantó en brazos y la puso sobre cubierta cuando la metralla enemiga pisaba sus talones: “Fue capaz de salvarnos contra todo viento político y marea de la infamia de nuestro país”, concluye.

martes, 26 de febrero de 2013

JOSÉ LÓPEZ GALLEGO

Recientemente, a través de un tercero, se ha puesto en contacto conmigo un lector de mi libro "El hijo del herrero", que revivió con la lectura el recuerdo de ciertos acontecimientos que oyó relatar a su padre, en concreto, el capítulo que se refiere a la quema de las imágenes y la forma en que se salvó la de la Virgen de la Caridad, de la que su madre era devota. 

Preocupada ésta por las oídas del episodio de quema de imágenes, se dirigió a su marido expresándole la preocupación que sentía ante la posible destrucción de la de la patrona, siendo tranquilizada por él, que le dijo que La Caridad se encontraba a salvo en el almacén municipal.
Mariano López Bernal, el hijo de este hombre que fue alcalde en funciones de Cartagena, me ha enviado un escrito en el que narra algunos de los recuerdos que conserva acerca de su padre y de su papel en este hecho, y que reproduzco a continuación:



José López Gallego fue en los años treinta fundador de Izquierda Republicana en Cartagena, partido que, por no existir en aquella época subvención del gobierno, fue en principio muy difícil de mantener económicamente, hasta que poco a poco, las cuotas y ayudas de sus militantes, le dieron solidez.

Fue mi padre concejal del Ayuntamiento de Cartagena desde el mes de agosto de 1936 hasta que marchó el exilio, y durante todo ese tiempo, el sueldo devengado por su cargo municipal fue cedido a la Casa del Niño.

Entre todos los partidos políticos de izquierda de la época, debido a las circunstancias, crearon el Frente Popular, eligiendo a mi padre para la presidencia de éste, como representante de Izquierda Republicana, por no tratarse éste de un partido extremista. En este puesto de la nueva organización hubo de superar infinidad de problemas y controversias morales y políticas, pues los partidos extremistas no querían tolerar que se les forzara a reprimir sus esfuerzos revolucionarios, por lo que sufrió un atentado, sin éxito, a la salida del Ayuntamiento.


Entre los actos vandálicos que mi padre evitó, se encuentra el asalto a la Iglesia de la Virgen de la Caridad, que ocurrió de la siguiente forma:

En el verano de 1936, estando en la playa de Los Nietos, donde veraneaba la familia, se personaron, en un automóvil, Rafael Sánchez Martínez y otras tres personas, advirtiendo a López Gallego de los preparativos que se estaban realizando en Cartagena para el asalto a la iglesia de la Virgen de la Caridad.

López Gallego, por su relación con Bouza, Jefe de la Base Naval, se puso en contacto con éste y le pidió protección de marinos que, junto con una escuadra de Policía de Asalto se distribuyeron entre la aglomeración que se estaba instalando frente a la puerta principal de la iglesia, y López Gallego, de espaldas a dicha puerta, trató de evitar el asalto increpando a los cabecillas y diciendo a cada uno de ellos qué clase de personas eran, por qué querían asaltar la iglesia y los beneficios que querían obtener. Al desenmascararlos, la multitud cambió de actitud y poco a poco fue disgregándose, tal como lo hicieron los líderes de esa acción, que acabaron por abandonar la idea, no sin amenazas.
Al dirigirse a los promotores del asalto, dijo, entre otras, textualmente, estas palabras: "Si tenéis huevos, subid esos escalones, pero con la pistola en la mano" (cosa que no hicieron).

Estas palabras, en el año 1972 fueron confirmadas en la siguiente situación (sólo como confirmación de lo ocurrido se citan):

Un hijo de López Gallego, al hacer el comentario sobre la salvación de la Virgen de la Caridad, al llegar al inicio de esa frase, fue interrumpido por su interlocutor, que la terminó, letra a letra. Al inquirir cómo y por qué conocía con tanta exactitud lo sucedido, respondió que su suegro era uno de los policías de asalto que estaban protegiendo la iglesia. Por cierto, este muchacho era programador de computadoras y trabajaba como técnico y jefe de programadores con los distribuidores de las computadoras marca "Commodore", en Murcia, señores Gravalos y Manzano; tristemente no he podido recordar su nombre pero sí que vivía en Cartagena, y su suegro en Santa Lucía.


Se cuenta, y es cierto, que en el frustrado asalto a la iglesia de la Virgen de la Caridad, estaban presentes muchas prostitutas de Cartagena: El motivo fue que, tanto la autoridad municipal como la militar, pidieron a la dueña de la casa más importante, llamada Caridad La Negra, que enviara a sus pupilas para hacer más contraposición a los posibles asaltantes, cosa que ocurrió al sumarse a la policía, la marinería y estas profesionales.

La Virgen de la Caridad pasó, de la Iglesia, al depósito del Ayuntamiento, junto con otras imágenes de las que el Frente Popular  organizó la recogida.


Entre otros hechos en los que López Gallego intervino, hay que mencionar que estuvo encargado durante la guerra civil del reparto a las panaderías de la harina para pan que se recibía, y nos consta que a la Casa del Niño, al Asilo de Ancianos y a las monjas que los cuidaban, no les faltó el abastecimiento de pan ningún día.

Para evitar asesinatos, llegó a tener escondidos en su domicilio a personas de bien, hasta que pudo preparar los pasaportes y embarcarlos en el puerto de Cartagena con destino al extranjero, ayudó y devolvió muebles y enseres que fueron incautados por extremistas a personas, empresas y comercios.

viernes, 1 de febrero de 2013

MANOLA

Manola Morales
Tras la lectura de la narración de Norman Bethune sobre el crimen de la carretera de Málaga, me escribe una amiga, contando la manera en que le ha emocionado el relato.

La familia de su madre es natural de Málaga, y ella ha pasado desde pequeña el período de las vacaciones estivales en casa de su abuela, donde estuvo trabajando Manola, una mujer muy humilde, que no sabía leer, que prácticamente crió tanto a su hermano como a ella, y a quien querían mucho. 

La tata Manola les contaba muchas anécdotas que presenció durante la guerra civil, y entre otros, les habló del episodio que Bethune, contantos detalles, narró: la huida de muchas personas por la carretera de Almería. 




Vivía la familia de Manola en una pobre casita de un barrio de pescadores que estaba junto al mar, cerca de la carretera por la que estaban huyendo. La tata contaba que era insoportable el sonido de los barcos bombardeando a las personas que caminaban por la carretera. Los barcos estaban cerca de la orilla. Había personas que señalaban con pintura muy visible la zona a la que tenían que apuntar desde los buques. Una auténtica carnicería - decía Manola - una auténtica carnicería.....

También hablaba de otro episodio cuya prueba se ha descubierto no hace mucho, al encontrar una fosa con miles de personas fusiladas en el cementerio de Málaga. Ella lo llamaba el cementerio del Batatán, y dice mi amiga que lo ha buscado por este nombre, pero sin encontrarlo; quizás se llamara así en aquella época, o sólo algunas personas lo conocieran por ese nombre... Decía la anciana que subían camiones llenos de personas, muchos, muchísimos camiones, que después bajaban vacíos.


Manola fue un retazo viviente de nuestra historia colectiva, de esta historia de nuestro país, tan manchada de sangre.... de esta historia a la que le están poniendo tantos obstáculos para ser conocida por las generaciones actuales. Hay que luchar por sacar a la luz todos estos hechos y al menos intentar compensar moralmente a los familiares de las víctimas republicanas, honrándolas con nuestro reconocimiento.

lunes, 28 de enero de 2013

NORMAN BETHUNE, EL ALMIRANTE BASTARRECHE Y LA MASACRE DE LA CARRETERA MÁLAGA - ALMERÍA


El nombre del Almirante Bastarreche es ostentado por  una de las plazas de Cartagena, presidida por su busto, plaza que hoy ocupa el espacio de lo que en su día se denominó Puertas de San José. 
A los requerimientos de la Asociación Memoria Histórica de Cartagena, para que tanto la placa con su nombre, como el busto, sean retirados de esta plaza, el Ayuntamiento de la ciudad responde que se trata de un benefactor de la ciudad, que trajo hasta ella las aguas del Taibilla.

Pero, aparte de que el proyecto de traída de las aguas se debiera al gobierno de la II República, quiero resaltar cuál fue el mayor mérito de este fascista a quien incomprensiblemente nuestra corporación municipal quiere continuar honrando: 

El Almirante Bastarreche,1º por la izquierda,
junto a altos cargos del ejército nazi
Francisco Bastarreche comandó los buques Canarias, Baleares y Almirante Cervera en el ataque a la población civil en el crimen de la carretera de Málaga a Almería, secundado por tropas nazis y fascistas italianas.
15.000 ancianos, mujeres y niños cayeron bajo los cañones de Bastarreche.

 Quisiera hoy, en los umbrales del mes de febrero, muy próxima la fecha del aniversario de esta matanza, documentar esta afirmación con un fragmento del relato al respecto realizado por Norman Bethune acerca de lo acaecido el 7 de febrero de 1937:

Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros tiempos.
Imaginaros ciento treinta mil hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio, temerosos del ejército nacionalista del general Queipo de Llano. No hay más que un camino. No hay más vía de escape. La ciudad que buscan es Almería, y hay que andar hasta allí más de doscientos kilómetros… huyendo entre declives de más de treinta metros. Un camino encajonado entre los altos picos de la Sierra Nevada y el mar…hay que andar cuarenta o cincuenta kilómetros al día, una caminata de cinco días con sus noches… Y no encontrarán alimento en los poblados por donde pasan ni medios de transporte. Tienen que caminar, caminar, mujeres, ancianos y niños… tambaleándose, tropezando, abriéndose los pies en los pedernales polvorientos, mientras que los fascistas los bombardean sin piedad desde los aviones y los cañonean desde el mar.
“Es una inmensa hilera humana que se estira de Málaga a Almería… aunque menos conocido que otros fue el hecho más criminal de la guerra civil: más que las matanzas de Badajoz, más que el bombardeo de Guernica…
Norman Bethune
   
Norman Bethune
en su foto de graduación

Pero, ¿quién fue nuestro narrador? ¿quién fue Norman Bethune?
Henry Norman Bethune, natural de Gravenhurts (Ontario, Canadá) fue un doctor, un innovador médico del que actualmente sabemos que desarrolló el primer servicio móvil de transfusiones de sangre, en España, en 1936.
Matriculado en la Universidad de Toronto, en 1909, interrumpió sus estudios de Biología durante un año para dedicarse a impartir clases como voluntario en los campamentos de trabajadores inmigrantes.
Norman Bethune
en el campamento para inmigrantes

Retomó su formación, matriculándose en Medicina, para volver a abandonar al estallar la Primera Guerra Mundial, apuntándose voluntariamente como camillero.
Tras ser herido en Bélgica, volvió a su país y continuó los estudios, obteniendo el título de médico en 1916, para alistarse en la Royal Navy, como cirujano con el título de teniente, ejerciendo en el hospital Cathan (Sur de Londres)
Al llegar la paz se convierte en su país en un auténtico pionero en cirugía torácica con un gran prestigio en Canadá, pero cada vez se sentía menos motivado por los tratamientos quirúrgicos y más preocupado por el aspecto socioeconómico de la enfermedad, proponiendo al gobierno canadiense la creación de una red de asistencia sanitaria gratuita para los más desfavorecidos, red en la que tuvieran derecho todas las clases sociales a medicinas y tratamientos.
Consecuente con sus convicciones, fundó una clínica bajo esas condiciones, así como una escuela para que los hijos de los trabajadores pudieran recibir instrucción.

Al estallar, en 1936, la guerra civil española, la Comisión de Ayuda a la Democracia Española le invitó a encabezar la Unidad Médica de Canadá en Madrid, hacia donde partió en noviembre de ese año.
Norman Bethune en la Sierra de Guadarrama
Ante las frecuentes muertes por pérdida de sangre entre combatientes cuyas heridas no parecían graves, Bethune desarrolló las unidades médicas móviles para llevar a la práctica su idea de las transfusiones de sangre in situ, organizando un servicio para recoger la sangre de los donantes y trasladarla al campo de batalla.
Norman Bethune y el equipo de la Unidad de Transfusiones

En febrero de 1937, ante las noticias de lo que estaba ocurriendo, se trasladó a Almería para socorrer a los refugiados huidos de Málaga, población civil que huía de la represión fascista, siendo testigo de uno de los episodios más brutales de la guerra civil española.
El masivo asesinato de la población civil que huía desde Málaga hacia Almería es mucho menos conocido que los hechos de Badajoz o de Gernika, pero mucho más cruento, más aterrador...
Ese domingo, 7 de febrero, todo un pueblo en fuga escapaba de la ciudad de Málaga que estaba siendo ocupada por las legiones de italianos y alemanes y por los moros del tercio.
Al comprobar Bethune la dimensión de la tragedia, decidió desmontar los utensilios médicos de la ambulancia y utilizarla para transportar a los niños y los ancianos, tarea que durante tres días, sin descansar ni siquiera por la noche, realizó en compañía de sus ayudantes Hazen Size y Allan May.
Norman Bethune
junto a la unidad de transfusiones

Unas población mayoritaria de civiles desarmados huye despavorida de las columnas italianas, mientras que, sin piedad, es atacada desde el aire por la aviación alemana y desde el mar por los buques franquistas, comandados por el asesino Bastarreche.


El Almirante Cervera, uno de los buques
que bombardeó a la población civil

Los recuerdos de los horrores que presenció le persiguieron hasta el final de sus días.
"España es una herida en mi corazón - decía - Una herida que nunca cicatrizará. El dolor permanecerá siempre conmigo, recordándome siempre las cosas que he visto".
En su diario escribió todo lo que vio durante esos días. Narra lo que fue esa evacuación en masa, y lo cuenta todo después de esos tres interminables días con sus noches. Al día y la noche siguientes comenzó a relatarlo todo bajo una especie de ataque de furia. Cuando terminó, se asomó a la ventana con el cristal roto del hospital de niños, mirando la ciudad de Almería, aún humeante bajo la luz del amanecer.
Podéis, a continuación, leer el relato completo al que pertenece el fragmento citado más arriba, el relato que hizo Norman Bethune tras las más de setenta y dos horas de duración del holocausto que pudo presenciar:
Huída hacia Almería


“Lo que quiero contaros es lo que yo mismo vi en esta marcha forzada, la más grande, la más horrible evacuación de una ciudad que hayan visto nuestros  tiempos. Habíamos llegado a Almería el miércoles 10, a las cinco de la mañana. Traíamos de Barcelona un camión con  sangre preparada para transfusiones con destino a los heridos de Málaga. En Almería supimos la noticia de la caída de Málaga y nos aconsejaron que siguiésemos nuestro camino, porque se tenía por seguro que Motril había caído también.  Entonces resolvimos  ir a ver en qué condiciones se estaba llevando a cabo la evacuación de heridos. Salimos por el camino de Málaga, a eso de las seis de la tarde, y a unos cuantos kilómetros nos encontramos con los que encabezaban la desventurada procesión. Venían primero los más fuertes, los que habrían podido transportar sus cosas en burros, mulas y caballos. Luego, el espectáculo se hacía más lastimoso. Miles de niños (contamos cinco mil menores de diez años), y por lo menos mil de entre ellos descalzos y cubiertos apenas con  harapos. Las madres los llevaban echados al hombro o tiraban de ellos por la mano. Pasó un hombre con sus dos pequeños a la espalda, niños de uno y dos años, y cargando además con cacerolas y trastos, y recuerdos queridos de su hogar… Había mujeres que no podían dar un paso más: la sangre de las úlceras de sus piernas hinchadas teñía de rojo sus alpargatas blancas. Muchos viejos abandonaban toda esperanza y, tumbados en la cuneta del camino, esperaban la muerte.

Nuestro coche se abría paso a duras penas… Los refugiados pasaban al lado del camión, como si no lo vieran. Seguían caminando cansinamente, con los ojos entornados hacia el suelo como síntoma inconsciente de extenuación… Las  mujeres avanzaban lentas con sus vestidos oscuros… Tenían la cara y los ojos congestionados por el polvo y el sol de cuatro días, y levantaban hacia nosotros, en sus brazos cansados, los cuerpecitos de sus hijos…  Los niños llevaban solamente su pantalón y las niñas su vestido ancho, medio desnudos todos bajo el sol… Niños con los bracitos y las piernas enredados en trapos ensangrentados: niños sin  zapatos, con los pies hinchados; niños que lloraban desesperados de dolor, de hambre, de cansancio… cuatro días perseguidos por los aviones de los bárbaros fascistas, y cuatro noches de caminar  en grupo compacto hombres, mujeres, niños, mulas, burros y  cabras, tratando de mantenerse juntas las familias, llamándose por el nombre propio, buscándose en las sombras.
Huída hacia Almería

Al principio eran grupos dispersos… Después aparecían a intervalos más frecuentes, y por último una hilera continua, unos pisando los talones a los otros… Parecían haber nacido del suelo… Una fila interminable a lo largo del camino con el sol encima y el mar debajo. Entre el murmullo del mar y el eco de los montes el único ruido era el de las sandalias de esparto arrastradas sobre las piedras, el silbido de la respiración cansina y el lamento que salía de los labios agrietados. Eran de todas las edades, pero sus caras estaban dibujadas con los mismos rasgos de agotamiento.
Una mujer sujetando su vientre, sus ojos abiertos, aterrorizados. 
Pasaban al lado de nuestro camión sin expresión... Sise detuvo el camión. Yo salí y me paré en medio de la carretera… No tenían fuerzas para seguir, pero temían detenerse. Decían que los fascistas venían detrás de ellos. ¿Málaga? Sí, Málaga había caído…  
Volví al camión… Yo pensaba en Málaga. En algún lugar habría nuevas defensas… Al final del camino habría lucha, heridos moribundos que necesitarían la sangre que habíamos traído desde Madrid.
Aceleramos la marcha. La carretera se inclinaba y la línea de refugiados se hacía más ancha. Llegamos a una curva en dirección al interior, una pequeña subida,  y de repente una bajada hacia una llanura. Sise sorprendido, pisó el freno bruscamente… Una muchedumbre de personas y animales ocupaba todo el ancho de la carretera…. La llanura se extendía tan lejos como la vista podía alcanzar, y por ella serpenteaba una hilera de treinta kilómetros de seres humanos, como un gusano gigantesco con innumerables pies que levantaba una nube de polvo que se extendía hasta más allá del horizonte a lo largo de la árida llanura y se elevaba hasta las montañas… La carretera  ya no se veía en ningún sitio. Estaba desbordada por los refugiados. Comenzamos a descender lentamente. Sise tocaba la bocina sin parar… Ellos no prestaban atención… Simplemente fluían a los lados del coche con la vista baja golpeándose contra los costados y después ocupando de nuevo todo el ancho de la carretera… Una rápida mirada a lo largo del camino le producía a uno un fuerte escalofrío: kilómetros de gente, y en medio miles de niños.
Ancianos y niños subiendo a la ambulancia

…¡Venían de Málaga, andando  durante cinco días y cinco noches…! 
Después la masa de gente caminante cambió casi imperceptiblemente, como un manantial que de pronto se torna lodo. Juré en voz baja: ¡Militares! Al principio unos pocos, pero un kilómetro más allá venían a cientos. A miles. Sus uniformes estaban rotos; sus armas inservibles; las caras, con barbas de días; los ojos, hundidos por la derrota… Eran refugiados como el resto, en silencio, tristes, huyendo… Teníamos que maniobrar entre los carros rotos y los camiones abandonados. Los burros moribundos habían sido arrojados a las playas, donde la  gente yacía también, con  la lengua inflamada en sus bocas secas… Paramos un momento… y fuimos engullidos por una multitud de súplicas, de manos intentando alcanzar el camión, gente pidiendo agua y transporte.
Les dimos nuestras cantimploras y seguimos avanzando… Pronto se  hizo  la  noche.  A  nuestro  lado  oíamos  el  paso  apretado  de  los refugiados. Sin luces era imposible conducir…, y al fin nos detuvimos…  Un grupo de militares se acercó a nosotros. – Los fascistas avanzan deprisa hacia el este -  nos dijeron. La siguiente ciudad era Motril, y ya debía estar en manos enemigas… No había frente. No había resistencia. Toda la región costera estaba cayendo en manos de las tropas extranjeras de Franco…

Resolvimos regresar para dedicarnos a transportar a los más desvalidos… Descargamos el equipo y las existencias de sangre…, para hacer sitio y mandar el material con la primera ambulancia que pasase…, después abrimos las puertas traseras. Se podía ver la excitación en los rostros de  los refugiados. Todos esperaban,  pero sin saber si tendrían posibilidades…
Unidad de transfusiones
 Una multitud de padres y madres se apretó alrededor del coche. Decidimos transportar a  las familias que tuviesen más niños, y a los niños sin padres, que eran incontables. Llevábamos treinta o cuarenta personas en cada viaje.
Así estuvimos cuatro días y cuatro noches yendo y viniendo, trabajando esforzadamente para evacuar a la población que quedaba de toda una ciudad…. Sise estuvo al volante durante cuarenta y ocho horas mientras  yo me quedaba en la carretera preparando el siguiente grupo. Nuestras caras estaban ya partidas por falta de sueño. Perdimos la noción del tiempo.
Vivíamos con el dolor de los que se quedaban atrás… Trabajábamos sabiendo que cada viaje podía ser el último y con el miedo de que los últimos evacuados fueran aniquilados por los fascistas… En cada viaje a Almería Sise se detenía para pedir ayuda de camiones, carros o cualquier otro medio para acelerar la evacuación. En la ciudad no quedaba ya nada que se moviera sobre ruedas… 
En el Hospital del Socorro Rojo de Almería, los refugiados recibían atención médica, alimento y ropa.  Al incansable esfuerzo de Hazen Sise y Thomas Worseley se debe la salvación de muchas vidas. Iban y venían alternando, día y noche, durmiendo a campo abierto entre los turnos, sin más alimento que naranjas y pan.

Durante el día trabajamos entre nubes de polvo, bajo el sol que quemaba la piel, con los ojos enrojecidos y con las tripas haciendo ruido. De noche, el frío era insoportable y deseábamos el calor de nuevo. Un profundo silencio reinaba entre los refugiados. Yacían hambrientos en los campos, atenazados, moviéndose solamente para mordisquear alguna hierba. Sedientos, descansando sobre las rocas o  vagando temblorosos sin rumbo con la mirada vidriada y perdida por la alucinación. Los muertos estaban esparcidos entre los enfermos, con los ojos abiertos al sol.
Los aviones alemanes

Entonces, unos cuantos aviones pasaron sobre nuestras cabezas. Brillantes aviones plateados: bombarderos italianos y Heinkels alemanes. Se lanzaron  hacia la carretera y, como una maniobra de tiro rutinaria, sus ametralladoras trazaban dibujos geométricos entre los refugiados que huían…

De nuevo vi el camión que  volvía. Cargamos a cuantos pudimos. Esta vez subí yo también, llevando a un niño en mis brazos, que gemía y me miraba con ojos febriles. Probablemente meningitis... Yo esperaba llegar a tiempo a Almería. Me quedé dormido… Cuando desperté vi el camión bajando lentamente la cuesta del último kilómetro… Decenas de miles de refugiados surgían de entre las montañas y se extendían como un abanico. Parecía un enorme enjambre sobre las colinas, la carretera, las playas. Algunos caminaban en el agua para llegar antes a la ciudad. A la entrada de la ciudad el camión avanzaba al mismo paso que la multitud apretada, centímetro a centímetro. Pero al fin estábamos en Almería. 

Como si no fuese bastante haber bombardeado y cañoneado a esa procesión de campesinos inermes a lo largo de su caminata interminable, el día 12 de febrero, cuando el pequeño puerto de Almería estaba atestado de gente refugiada, cuando la población se había duplicado, cuando aquellas cincuenta mil personas exangües habían llegado al sitio que creían un abrigo seguro, los aeroplanos fascistas, alemanes  e italianos, desataron sobre la población nutrido bombardeo…  arrojaron diez bombas en el centro mismo de la ciudad, en la calle principal de Almería, donde, amontonados en el pavimento, dormían exhaustos los refugiados.
Cuando se habían alejado los aviones, levanté del suelo los cadáveres de tres niños… La calle parecía un degolladero, con los muertos y los agonizantes, alumbrado por las llamas de los edificios que ardían. En la oscuridad, los quejidos de los niños heridos, los gritos de las madres agonizantes y las maldiciones   de los hombres, se alzaban en un  lamento de masa hasta hacerse intolerable… Aquella noche fueron ametrallados, desde los aeroplanos, cincuenta paisanos, y hubo más de cincuenta heridos… 
Almirante Bastarreche

A la luz de los edificios ardiendo se veían multitudes de gente que surgían de cualquier sitio, corriendo sin saber hacia dónde, escapando de las bombas o pasando bajo paredes que se tambaleaban, cayendo en los  enormes hoyos que las bombas habían hecho en el suelo, agarrándose y gritando mientras desaparecían… No había ruido de bombas en la dirección del puerto. ¡Los bombarderos no estaban interesados por el puerto!
Iban siguiendo presas humanas. Iban tras los cien mil que habían conseguido huir de ellos en Málaga, que habían rehusado vivir bajo los fascistas, y que estaban ahora acorralados aquí y que hacían un blanco perfecto. Durante una semana habían dejado tranquila Almería… Ahora que la dura marcha desde Málaga había terminado, ahora que los refugiados estaban recogidos entre unos cuantos bloques de ciudad, donde el asesinato en masa requería un mínimo de bombas, ahora Franco estaba saciando su sed de venganza. No importaba nada el puerto. Un puerto no puede pensar, ni desafiar al fascismo,  ni sangrar. Sólo la gente tenía cerebro, corazón, valor. ¡Matadlos, mutiladlos, mostradles las garras despiadadas del fascismo!...

De pronto el bombardeo cesó y  el rugido de los aviones se perdió en el cielo. Las llamas iluminaban las caras de los hombres y mujeres paralizados por el horror… El ataque había pasado, pero quedaban los muertos y los moribundos. Até las heridas de la gente con  tiras de tela sacadas de sus propios vestidos. 
En el centro de la ciudad llegué hasta un círculo de mujeres y hombres en silencio. Dentro del círculo había un enorme cráter abierto por una bomba. Dentro del cráter había tuberías retorcidas, ropas rasgadas, una masa aplastada de lo que una vez fueran seres humanos…
¿Qué crimen habían cometido estos hombres de la ciudad para ser asesinados de modo tan sangriento? Su único crimen había sido el de votar por un Gobierno del pueblo; moderado paliativo contra la carga aplastante de siglos de codicia del capitalismo. Alguien pregunta por qué no se quedaron en Málaga a esperar la entrada de los fascistas. Porque bien sabían lo que había de sucederles. Bien sabían lo que habría de ser de sus hombres y de sus mujeres, puesto que ya ha sucedido muchas veces en otras ciudades capturadas por ellos.  Todos los hombres de quince a sesenta años que no pudiesen probar que se les había forzado a apoyar al Gobierno legítimo, serían fusilados sin más trámite…



Bastarreche junto a Franco