miércoles, 26 de enero de 2011
domingo, 23 de enero de 2011
LA REPRESIÓN FRANQUISTA EN CARTAGENA
El viernes, 21 de enero de 2011, la Asociación Memoria Histórica de Cartagena presentó en el salón de actos de la UNED la reedición del libro "La Represión Franquista en Cartagena (1939 - 1945)", la más emblemática entre las obras de Pedro Mª Egea Bruno, y cuya primera edición, en 1987, se agotó con enorme rapidez. Las personas a quienes les interese algún ejmplar de este libro pueden ponerse en contacto con la Asociación enviando un correo electrónico a la dirección memoriahistoricacartagena@hotmail.com o llamando en horario de tarde al teléfono 689032000
http://mhcartagena.wordpress.com/
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miércoles, 19 de enero de 2011
sábado, 15 de enero de 2011
El Camino de la Investigación III
Entre las primeras entradas de este blog, se encuentran aquéllas en las que comencé a describir el difícil camino por el que tuve que discurrir en la búsqueda de las circunstancias que rodearon la muerte de mi abuelo.
Tal y como me había dicho el funcionario del Archivo Naval de Cartagena, allí no se encontraba la causa que se abrió contra él, pero sí que consulté su expediente de prisión, donde se hallaba la orden de procesamiento, y no iba dirigida sólo contra él; el juez José Mª Mena había dictado “auto de procesamiento por supuesto delito de rebelión y maltrato de obra a superior contra el Auxiliar 1º de Sanidad Don Enrique Martínez Godínez, el Auxiliar del C.A.S.T.A. Don Pedro Cerezuela Navarro y el Cabo Artillero Camilo Campillo, los cuales debían quedar en situación de Prisión Preventiva”. La causa, sin embargo, no aparecía.
Delito de rebelión… claro, ésa era, genéricamente, la acusación que se dirigía contra todo el mundo, rebelión, ayuda a la rebelión… pero la segunda, maltrato de obra a superior… ¿qué significaba, exactamente, esa acusación? Lo mismo podía referirse a un empujón o una bofetada, que a una insubordinación, o incluso a haber detenido o matado a un oficial…. ¿De qué lo habían acusado?
Si pudiese encontrar algún dato de alguno de los otros dos procesados, quizás supiesen, exactamente, por qué lo habían sido… Según sus expedientes, fueron ejecutados el 14 de febrero del 40, y por mi familia sabía que Pedro Cerezuela había vivido en Los Dolores, pero sus familiares más allegados habían desaparecido del barrio hacía años.
Envié una serie de correos electrónicos mandados a diferentes amigos, acompañados de una carta que pedía difundiesen, enviándola a sus contactos o publicándolas, en su caso, en su blog.
Casi un mes más tarde recibí un correo electrónico del sobrino de Camilo Campillo, en que me contaba que era natural de Murcia aunque vivía en Madrid desde hacía muchos años, que la práctica totalidad de los coetáneos de su tío habían desaparecido, pero que quizás él pudiera facilitarme alguna información que me ayudara en mi tarea de búsqueda, y que para ello era fundamental conocer qué datos necesitaba.
Le hablé sobre la desaparición de la causa, explicándole que había llegado a mi conocimiento que la orden de procesamiento había sido dictada, contra tres personas, y que aunque mi abuelo había muerto antes de llegar al juicio, si los otros dos procesados habían sido fusilados era porque sí que habían llegado a ser juzgados, por lo que le pedía los datos que me pudiese aportar sobre los conocimientos que tuviese su familia acerca del consejo de guerra, y cualquier dato que conociera – nombres, fechas, lugares – que pudieran haber utilizado contra ellos en el juicio. También le pedí que me dijese si conocía algo acerca de la detención y estancia en prisión, quien detuvo a su tío, con quién se encontraba en la celda, alguna carta que les hiciera llegar a los familiares, noticias del periódico, etc. Pero sobre todo, le hice hincapié en lo importante que era para mí conocer si habían servido juntos en el mismo barco en el momento del golpe de Estado, pues yo sabía que mi abuelo, el 18 de julio, prestaba servicio en el Lepanto, y si había alguna cuestión que supiera respecto a ese momento, o si hubo posibilidad de que posteriormente hubiesen coincidido en otro destino, o si tenían en su familia algún dato sobre qué personas pudieran haber actuado como testigos de la acusación, delatores, etc.
Poco sabía acerca del tema. En su familia siempre se había pensado que la detención de su tío había obedecido a su pertenencia al Lepanto, por el papel que este buque jugó en el hundimiento del Baleares, que Camilo, habiendo tenido la oportunidad de marchar a Francia, la desestimó en el último momento por no dejar a su mujer y su hija, y por el convencimiento de que nada le iba a pasar porque no había cometido delito de sangre, y que fue detenido, sometido a juicio sumarísimo, condenado a muerte y fusilado. Nada más me podía decir.
La interpretación de que la detención se debió a la participación del buque en el combate en que se hundió el Baleares, no me servía, puesto que en esas fechas mi abuelo se encontraba desembarcado, destinado en el Hospital Militar.
Había que seguir buscando por otro lado, y durante diez meses anduve entre legajos tratando de buscar alguna pista que me llevara al esclarecimiento de la verdad. Poco a poco fui consultando los expedientes de quienes habían sido sus compañeros de prisión, con la esperanza de encontrar allí algún dato que me ayudara a reconstruir el rompecabezas. Meses y meses de trabajo lento y descorazonador, hasta llegar al día en que por fin pude acceder a los primeros datos que realmente podía considerar útiles para el fin que perseguía. Pero hasta llegar a ese 18 de diciembre de 2009, fecha en que por fin pude salir satisfecha del Archivo, había de pasar mucho tiempo, había de recorrer innumerables pistas fallidas…
sábado, 1 de enero de 2011
A quien posea información
Como ayuda para el trabajo de investigación que estoy realizando en torno a las circunstancias que rodearon la prisión y muerte de mi abuelo, Enrique Martínez Godínez, en el penal naval de Cartagena el 25 de mayo de 1939, necesito contactar con descendientes o personas próximas a algunos compañeros que se encontraban embarcados con él en el destructor “Lepanto” durante los primeros meses de la guerra civil, y con los que tenía más relación.
Una de las personas sobre quienes necesito tener información es MANUEL HERNÁNDEZ BRU, que se hallaba destinado el 18 de julio de 1936 en el Lepanto, como Auxiliar 2º de Máquinas.
Al final de la guerra marchó a Bizerta con la flota republicana, quedándose en el barco, a su cuidado, hasta su entrega a las autoridades franquistas. Los informes del S. I. P. de fecha 18 de noviembre de 1940 hacen constar su extrañeza porque no quiso regresar a España, sino que marchó al campo de concentración de Maguazi, encontrándose en la fecha citada en Túnez, trabajando para una empresa francesa de obras públicas. Según este mismo informe, parecía ser que se encontraba por aquel entonces con intención de volver a España.
JOSEFA MARTÍNEZ LÓPEZ
Agradecería cualquier información al respecto. Para ello pueden dirigirse a la Asociación Memoria Histórica de Cartagena:
memoriahistoricacartagena@hotmail.com
memoriahistoricacartagena@hotmail.com
martes, 28 de diciembre de 2010
MEMORIA DEL OLVIDO
Tras la publicación del testimonio sobre Don Fernando, hace unos días, traigo aquí este escrito sobre él, en esta ocasión, debido a su nieta, mi prima Ángeles Soler Martínez:
MEMORIA DEL OLVIDO
Eran los primeros años de la década de los sesenta y mi escasa vida transcurría entre la vitalidad de mi madre, la bondad de mi padre, tíos, primos y la casa de mi abuela María, la madre de mi padre.
Era en esa casa de pueblo con patio y jardín de crecimiento caótico, cuartos traseros llenos de polvo y olor a jazmín y caldo Maggi, donde transcurrían muchas tardes de domingo mientras mis padres iban al cine.
Mi abuela era un no parar, ni se sentaba para comer y la recuerdo siempre pelando alcachofas con los dedos agrietados y negros de tanta verdura pelada a lo largo de su vida; siempre reía y nos decía a los niños: chhhiiisss que los tites y el abuelo están comiendo; estos personajes eran para mí “los que vivían con mi abuela”, permanecían horas en sus habitaciones y comían en silencio dejando oír solamente el ruido que hacían al sorber el caldo de la ensalada.
El abuelo era tierno y tenía una triste sonrisa, casi nunca salía de la habitación y ya fuera verano o invierno, cubría su cabeza con una boina de lana negra y se abrigaba con una chaqueta de lana; desde su habitación dimanaban sus Mariiiiía, y acto seguido, mi abuela acudía con la comida, agua o cualquier cosa que necesitara; en la habitación había un gran ventanal junto al cual mi abuelo permanecía sentado en un sillón casi todo el día y era allí donde yo me sentaba cuando me colaba en la habitación sin que mi abuela se diera cuenta para que el abuelo me hiciera cocinitas con cajas de cerillas.
Los años pasaron y mis padres se fueron a vivir a Canarias, yo seguí con mi obsesión de querer ser veterinaria, que no sé de dónde la sacaría porque en mi vida había conocido uno, ni siquiera había visto otros animales que no fueran los perros sarnosos que recogía, los gatos de la prima Rosamaría y los que salvaba de las garras de aquellos niños sádicos que poblaban mis pesadillas de niña. No sé exactamente qué edad tendría cuando me enteré de que mi abuelo Fernando habría muerto, aproximadamente unos trece, edad en que la muerte es una palabra sin sentido y en la que sólo se es consciente de que los que estaban dejan de estar, así que el abuelo quedó en mi memoria junto al olor de jazmines, las cocinitas de cajas de cerillas y su sonrisa tierna y triste.
Cuando llegué a la Facultad empezó mi aprendizaje de la vida y lo primero que aprendí fue que allí me iban a enseñar justo lo que no tendría que hacer, pero también aprendí lo que era la libertad, el compañerismo, la política y el sexo, cosas que realmente son las que se aprenden en la Universidad. En mi casa nunca se habló de política. Sólo mi abuela materna, una mujer de armas tomar, se atrevía a poner verde a Manuel Fraga cuando salía en la televisión y acto seguido, mi tía cerraba las ventanas para que no la oyeran desde la calle. Fue en aquella época, principios de los setenta, cuando empecé a preguntar a mi madre, a mi padre, a mis tíos, sobre historias oídas de refilón sobre mi familia y así supe de aquellos hombres serios que sorbían el caldo de la ensalada en silencio y sonreían tristemente.
El abuelo Fernando había sido Oficial de Correos, pertenecía al Partido Socialista y fue alcalde de Cartagena durante los últimos tiempos de la guerra; era un hombre culto, honrado, y que ayudaba a la gente que lo necesitaba siendo respetado por todos los que lo conocían. Pero se ve que todo esto fue la causa de que tuviera que salir por patas cuando terminó la guerra, esa guerra fraticida en nombre de la Patria, Una, Grande y Libre y que dejó España vacía de hombres como mi abuelo.
El abuelo se tuvo que ir a Francia, pero quiso el destino que acabara en una cárcel de Orán donde meaban y cagaban en latas, comían basura, bebían agua putrefacta y trataban de conservar su humanidad. Los que consiguieron salir de allí ya nunca fueron los mismos, unos se volvieron locos para olvidar tanta locura y a otros, como a mi abuelo, se les murió el alma; volvieron a sus casas, se encerraron en su silencio y ya no hablaron ni de política ni de nada nunca más, se perdieron en el olvido.
Ahora con una Ley de la Memoria Histórica aprobada, los hay que dicen: ¿Para qué remover la memoria? Hay que dejar que las heridas se cierren, eso pasó hace mucho tiempo, miremos hacia delante. Y yo les digo que de heridas sé bastante; las heridas se cierran después de limpiar la suciedad y también les diría: Miremos hacia delante, pero sin olvidar a los que quedaron enterrados en el olvido. Les diría tantas cosas, todas las que mi abuelo Fernando, “un hombre en el sentido de la palabra, bueno”, calló para siempre y ni contó a los suyos por miedo y amargura.
Abuelos de la gris España, no os olvidaremos.
ANGELES SOLER MARTÍNEZ
miércoles, 22 de diciembre de 2010
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